Los escaladores/as huimos de esos momentos donde el estrés se apodera de ti, de tu cuerpo y de tus pensamientos cuando la alta posibilidad de caerse aparece de repente. Pero, al contrario de lo que pueda parecer (me llamaréis loco), no hay que huir de ellos, pues son la mejor zona de aprendizaje y el principal trampolín a nuestra mejora. Y tampoco me refiero al miedo a volar sin alas, sino a introducirla en nuestro interior como un proceso de aprendizaje. Una caída es, ni más ni menos, la mejor oportunidad de mejora que tenemos en nuestras mente y en nuestras manos.
No me refiero a esas caídas inesperadas cuando se te rompe una presa o te resbala un pie. No, nyet, nein, not at all… Me refiero a esos horrorosos momentos cuando vas al límite de la caída, cuando alcanzas una presa deseando que sea un cazo, y te encuentras con una horripilante roma. En ese milisegundo, la amígdala (Alex Honnold la tiene defectuosa, por eso hace lo que hace) cerebral inicia una especie de alarma rápida al recibir los informes que le envían los sentidos (el tacto informa de que esa presa es una birria de presa, la vista te recuerda dónde has dejado el último seguro bajo los pies, el olfato huele la tragedia, el sabor es de fracaso y el oído recibe las palabras de perdedor que te dedicas).
En ese momento, nuestro sistema nervioso autónomo activa el sistema simpático (que tiene muy poco de su nombre) para protegernos del peligro inminente (alerta roja intermitente y sonora). Entonces el cuerpo y la mente se prepara para la batalla. La frecuencia cardíaca aumenta, las funciones corporales secundarias se desactivan temporalmente para enviar más sangre y oxígeno a los músculos, la respiración se acelera, sudas aunque haga frío, los pensamientos van desordenados y muy rápidos, aparece la visión de túnel que te corta la periférica para poder encontrar nuevas presas, el cuerpo dispara neurotransmisores para darte más aguante, como la adrenalina o el cortisol… Es decir, te preparas para sobrevivir, para luchar o huir. En escalada hay otra tercera opción, que es aguantar, congelarte lo máximo posible antes de que ya no puedas más. Y cuanto más aguantas, más posibilidades tienes de caer. Y en escalada, siempre se huye hacia abajo. En resumen, o luchas o caes.
Y la gran paradoja reside en que para salir airoso de esa lucha, debes relajarte, respirar y decidir. Primero piensas y luego actúas. Si no lo haces, perderás.
La buena noticia es que esa situación se puede entrenar, con unos resultados excelentes. Y de eso hablaremos en esta serie de posts.
Tras el aviso urgente de la amígdala, el informe pasará por el hipocampo. Ese es el almacén de los recuerdos. Y si allí el estrés encuentra que esa situación ya está trabajada y asimilada, bajará el nivel de urgencia descenderá de Defcon 1 a Defcon 5, con lo que prepararemos nuestro cuerpo y nuestra mente para salir bien airosos de esta delicada situación.
Para entender bien este planteamiento, necesitamos conocer nuestras zonas de trabajo como escaladores y delimitar bien el espacio entre ellas:
- Zona de confort. Es la zona donde el escalador se encuentra cómodo, por debajo de su nivel máximo y donde puede controlar la mayoría de sus acciones.
- Zona de aprendizaje. Es aquella zona donde nos esforzamos en no fallar y nos exige el mayor de nuestro compromiso, nuestras acciones y nuestra atención. Suele coincidir con nuestro grado máximo a vista.
- Zona de pánico. Es aquella zona donde apenas controlamos nada y estamos a punto de la caída o el fracaso, y donde no podemos hacer pausa alguna.
El espacio que ocupa cada zona depende de las habilidades y, sobre todo, de la experiencia del escalador/a. En un escalador novato la zona de aprendizaje y la de pánico son enormes, y la de confort pequeñita. Y en un escalador/a experto, la de confort es enorme, y la de aprendizaje y pánico mucho más estrechas.
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